Si bien es cierto que existe la obligación de respetar y vivir las leyes emitidas por las autoridades legítimas, de vez en cuando nos encontramos con lo que podría calificarse como “letra muerta”. Tal es el caso de los artículos 6 y 7 de la Constitución de los Estados Unidos Mexicanos, los cuales han sido incorporados, sin alteraciones, a las de otras entidades políticas como son, por mencionar dos ejemplos, la del Distrito Federal y la del Estado de Nuevo León.
Los textos referidos son los siguientes:
ARTICULO 6.- La manifestación de las ideas no será objeto de ninguna inquisición judicial o administrativa, sino en el caso de que ataque a la moral, los derechos de tercero, provoque algún delito o perturbe el orden público; el derecho de réplica será ejercido en los términos dispuestos por la ley. El derecho a la información será garantizado por el Estado.
ARTICULO 7.- (Primer parágrafo) Es inviolable la libertad de escribir y publicar escritos sobre cualquier materia. Ninguna ley ni autoridad puede establecer la previa censura, ni exigir fianza a los autores o impresores, ni coartar la libertad de imprenta, que no tiene más límites que el respeto a la vida privada, a la moral, y a la paz pública...
Hoy en día mencionar la palabra “moral” puede motivar que uno sea señalado como retrógrado, inquisidor, anticuado, escrupuloso, santurrón, fanático... ¿Será acaso que los artículos citados en nuestros cuerpos legales han de ser merecedores de dichos calificativos?
Estamos, opino, ante un tema que merece un estudio sereno y concienzudo. No es asunto poco importante la incapacidad en la que hemos caído de esclarecer los límites morales de la conducta humana.
Por un lado están quienes niegan una moralidad objetiva, en contra de quienes quisieran reglamentar, con recalcitrantes e interminables enlistados, todas y cada una de las actividades humanas que deberían prohibirse y castigarse por inmorales. Entre estos dos extremos aparecen muy variadas ideologías en sociedades, que como la nuestra, se han curtido en un manifiesto subjetivismo.
Entre los temas a discutir estarían, por ejemplo, la diferencia entre lo inmoral y lo amoral. Para muchos, las artes y la publicidad quedan fuera de toda calificación moral. Así pues, justifican que en el cine y la televisión se presenten todo tipo de argumentos y escenas.
Es de todos conocido cómo en los países socialistas existe un control sobre los medios a fin de crear conciencias que aprueben lo que sus dirigentes ordenan. La publicidad ha sido y es, en esos lugares, parte del aparato gubernamental. Pero, de forma semejante, el liberalismo capitalista se sirve de la mercadotecnia en pro de un consumismo exagerado, usando un tipo de publicidad que con mucha frecuencia denigra la dignidad del ser humano, como sucede al presentar a la mujer como artículo de consumo.
¿Cuál será, pues, el criterio moral de nuestras autoridades para hacer cumplir estas leyes?
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