El principal sustento de la Iglesia es la generosidad que los fieles manifiestan a través de sus limosnas y contribuciones materiales; en ocasiones esta necesidad no aparece clara en la conciencia de algunos fieles (y también en el ánimo de los que no lo son), por ello es necesario entender el destino de los bienes materiales en la constitución humana de la misma.
La Iglesia Católica es capaz de poseer bienes y gozar de los benéficos de un patrimonio, y aunque su finalidad es espiritual ésta vive y opera en el mundo, por ello “las realidades terrenas y espirituales están estrechamente unidas entre sí, y la misma Iglesia usa los medios temporales en cuanto su propia misión lo exige” (Gaudium et Spes, 76). Es irreal pretender que la Iglesia desarrolle su finalidad específica sin bienes materiales, sin tener patrimonio, como si estuviera formada por ángeles y no por hombres.
Algunos piensan que la riqueza de la Iglesia es enorme, sobre todo si se atiende a los bienes inmuebles que posee y a las donaciones que recibe; sin embargo, sean estos pocos o muchos, no se debe perder de vista que la titularidad de los diversos patrimonios se deben relacionar con el hecho de su finalidad: sostener el culto divino, sustentar honestamente al clero, y hacer las obras de apostolado y de caridad, sobre todo con los necesitados. De este modo cada contribución económica de los fieles se convierte en una verdadera participación en la acción evangelizadora, especialmente si se consideran el sentido y la importancia de compartir las preocupaciones de la Iglesia. Si es así, el uso de los bienes materiales en la Iglesia encuentra su justificación en sus fines, pero también es un llamado a la responsabilidad tanto de quien los usa como de aquellos a quienes va dirigida la acción pastoral y sin los cuales sería imposible cumplir con la finalidad de la Iglesia, puesto que a todos los fieles compete ayudar al sostenimiento de la misma. Y para que cada uno pueda atender con mayor cuidado el sentido de su responsabilidad tanto respecto a recibir como a dar, hay que crear la cultura de la solidaridad que se base en la generosidad del propio corazón de acuerdo a las necesidades y posibilidades de cada uno.
El corazón necesita impregnarse del sentido de solidaridad para entender que ésta no consiste en la solución inmediata de las carencias, por el contrario, pone en marcha un dinamismo de complementariedad ya que somos seres inacabados, incompletos con la tarea de construir el propio ser y como discípulos de Cristo el Reino de los cielos.
La solidaridad con la Iglesia exige un voto de confianza para depositar parte de nuestros bienes en manos de quien efectuará lo que no podemos o no queremos realizar. Que el ejemplo de la viuda del Evangelio, que dio todo al echar en las alcancías del templo las monedas de poco valor que tenía para vivir, nos haga conscientes de que la solidaridad del corazón puede traer en abundancia la salvación al mundo.
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