Cuando se va un buen amigo, suele dejarnos un regalo que nos sirva de recuerdo de su amistad, que continúe de alguna manera su presencia entre nosotros. Nuestro hermano Jesús no podía ser menos fino. Cuando se alejaba de sus discípulos, les promete un gran regalo ¿Quizá era la Misa? ¿O más bien el Bautismo? ¿Podría ser el Evangelio? ¿O el ministerio pastoral? No, No eran esos regalos los que prometió Jesús, esos eran eso: “grandes regalos”, pero no eran “El Gran Regalo”, “el Unico Regalo”, del cual nacerían todos los recuerdos que tenemos de Jesús.
El gran regalo de Dios era, una vez más, Dios mismo. En Pentecostés, la pequeña y naciente Iglesia recibe el Espíritu Santo, el soplo de Dios, la invasión íntima y penetrante de Dios. Como en el seno de María el Espíritu engendró al Hijo de Dios hecho hombre, así en el seno de la Iglesia continúa la encarnación de Jesús para seguir presente en el mundo y en la historia. Dios se presenta en la historia de la salvación como si avanzara progresivamente hacia nosotros: primero se nos presenta como Padre creador, providente y amante, pero un tanto solemne y lejano. Después, como hombre hermano que camina a nuestro lado, ya cercano, pero todavía un tanto exterior. Finalmente, vino a nosotros como el Dios íntimo y cordial, que penetra en nuestras entrañas, que quiere convivir totalmente con nosotros para que nosotros convivamos totalmente con Él, como Cristo, en Cristo, en su Espíritu.
Espíritu, soplo, aire... ¿Habrá algo más débil, más impalpable, más inseguro y hasta... más barato? ¿Puede ser signo acomodado al Dios fuerte, santo e inmortal? En el Hijo, Dios fuerte se presenta vencido y colgado en un patíbulo. En el Espíritu, el Dios estable y seguro se presenta en el viento movedizo. ¿No estará Dios un poco loco?
San Pablo no nos lo negaría, pero añadiría que la locura de Dios -locura de amor- es más sabia que nuestras ciencias y categorías, que nuestra “cochina lógica”, como diría Unamuno. Sin embargo, ¡qué grande y hermosa historia la del aire y el viento, en la historia de la creación y en la historia de la salvación! ¿No fue el soplo de Yahvé el que puso orden y belleza en el mundo, y el que después infundió su vida y su imagen en el hombre? ¿No fue el soplo de Dios el que arrebató a los profetas y a los libertadores de Israel para salvar y conducir a su pueblo? ¿No llamamos inspiración a ese toque genial de los hombres geniales en el terreno artístico o científico,en todas esas aportaciones cruciales para la humanidad? ¿No es el viento placenta común y comunitaria de la que tenemos que alimentarnos a todas horas, beber en todos los momentos de nuestra vida, respirando de día y de noche, despiertos y dormidos? ¿No es el viento el que trae y lleva las semillas y fecunda las plantas prestándoles sus brazos para que se abracen a distancia? ¿No es viento, acaso, puro aire, la palabra del amigo, la palabra del esposo, la palabra del padre, la palabra del sabio?
¡Puro viento las canciones de la madre sobre el niño pequeño, los mimos y arrumacos que le dice a toda hora! ¡Puro viento el diálogo largo de los enamorados! ¡Puro viento las palabras de la Revelación, que antes de ser Biblia fueron palabras de predicación, palabras de viento frágil, volatil y pasajero! ¡Puro viento las palabras de la Misa y de la consagración y de todos los sacramentos, puro viento! ¿Puro viento...? ¿Viento frágil? Elemento, en realidad, poderoso y fecundo, permanente y fuerte, precisamente por su flexibilidad y, al mismo tiempo, su perseverancia. Como el amor. ¡Como el Amor! Dios se nos presenta en ese símbolo del aire para indicarnos su cercanía, su constancia, su deseo de intimidad con nosotros.
Respiremos hondo, respiremos a Dios incesantemente, Él será para nosotros alegría y consuelo para seguir adelante, sabor y sabiduría para penetrar el Evangelio, fortaleza y prudencia para vivir y anunciar sus consecuencias, compromiso en la defensa del débil, inserción en la tarea de construir una nueva patria y sociedad, luz para encontrar los caminos de una nueva Iglesia, Él será para nosotros amor a la Iglesia y al mundo, amor y aceptación de nosotros mismos, como Dios nos ama, a pesar de “todo”.
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