Ante un fracaso familiar, personal, en el trabajo o en otros ámbitos, la pregunta que surge en lo más íntimo del alma es: ¿en qué he fallado? La pregunta está en el corazón de padres de familia que buscaron dar una buena educación a los hijos, que transmitieron principios sanos, que les llevaron a la Iglesia para rezar y recibir los sacramentos. Y de modo inesperado, un hijo o una hija rompe con los valores recibidos y se marcha, quizá no de casa, pero sí lejos de mucho de lo que sus padres quisieron transmitirle.
La pregunta está en la mente de sacerdotes y apóstoles que trabajaron para comunicar la fe a niños, jóvenes y adultos, para enseñarles a orar, para animarles a la confesión y a la misa. Luego, tras la primera comunión, o tras la confirmación, o tras una meta alcanzada, o después de un tiempo de ardua labor, muchos desaparecen.
La pregunta llega a ser algo sumamente personal cuando, después de tantos estudios, trabajos, sacrificios, oraciones, uno mira su propio corazón y se siente vacío, cansado, sin fuerzas, sin ilusiones, sin triunfos, sin buenos hábitos, sin esperanza.
¿En qué he fallado? A veces lo que ha ocurrido es por culpa directa de quien se hace la pregunta. No supo poner medios eficaces, no captó la importancia de ciertas situaciones, no percibió que era la hora de cambiar de método, no buscó momentos de diálogo para ofrecer una ayuda más concreta.
Nadie tiene garantizado, en esta vida, triunfos concretos en lo que depende de otros. No todos los jefes de trabajo serán justos, por más que uno tenga “méritos” para no ser despedido. Ni todas las dietas y consejos médicos son suficientes para impedir un cáncer de origen genético. Ni las oraciones se convierten en una garantía automática para recibir lo que uno pide.
¿En qué he fallado? Vale la pena lanzar la pregunta con serenidad, delante de Dios y de la propia conciencia. Será entonces posible reconocer errores reales y actitudes que han provocado mucho daño. O también será justo reconocer, en los límites inevitables de la vida humana, que uno hizo lo que pudo y con la mejor voluntad del mundo, pero que Dios ha permitido un dolor debido a las decisiones de otros o a circunstancias que no podemos controlar. En este caso vale la pena recordar que no tenemos aquí morada permanente, que somos peregrinos hacia la patria definitiva.
Dios, no lo olvidemos, no dejará de estar a nuestro lado para mantener viva una llama de esperanza. Nos dará las fuerzas necesarias para poner, de nuevo, la mano en el arado. Nos animará a seguir, quizá entre lágrimas, en el trabajo sencillo por vivir el Evangelio y hacer el bien a quienes viven a nuestro lado.
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