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La familia, promotora en los valores Ficha 51 |
¡Soy papá! Eran un matrimonio joven de mi parroquia y esperaban a su primer hijo. Las cosas se complicaron el día del parto y, como buenos cristianos, me llamaron para que confesara a la futura mamá antes de entrar al quirófano. Al terminar, por amistad, me quedé acompañando en la sala de espera al nervioso marido. En ese hospital tenían la deferencia de avisar a los papás el nacimiento de su hijo encendiendo un foquito rojo, del que estaban pendientes todo el tiempo. Por fin se encendio el dichoso foquito y mi buen amigo, flamante papá, se soltó a llorar repitiendo una y otra vez como para convencerse a sí mismo: “¡Soy papá!, ¡soy papá!” Me impresionaron su emoción y su alegría y me di cuenta en la práctica qué importante es ser padre o ser madre, y como transforma y embellece la paternidad la vida de los esposos. “Cuando nació mi hijo dejé de ser joven y comencé a ser señor” me decía otro amigo mío. ¿Y qué decir de la mujer? Ella lleva en sus genes el anhelo de la maternidad y para ella el hijo es su plenitud. Una de mis feligresas se quedó soltera y llegó a una edad en la que aceptó su soltería y la vivió con garbo, volviéndose autosuficiente económicamente pero sin dejar de vivir con su familia como apoyo moral y compañía. Un día decidió adoptar un niño y, contra viento y marea, lo hizo. ¡Se transformó! Le quedó muy bien el ser mamá y ahora goza del hijo que ella aceptó como venido de Dios. Saber ser padres “Padre no es el que engendra, sino el que educa” dice la sabiduría popular ilustrando la parte más difícil, pero más satisfactoria, de la paternidad humana: acompañar al niño hasta que se valga, y se valga bien, por sí mismo. Un trabajo tan comprometedor que sólo se puede entender por el amor natural de los padres a sus hijos. ¿Es la paternidad un instinto meramente animal? ¡Es la naturaleza misma la que protege a los cachorros mediante el amor de los padres!; pero seríamos ingratos con nuestros padres si dijéramos que tan sólo nos aman por instinto animal. Su amor, fraguado por el servicio y las atenciones diarias a los amados hijos, no termina cuando los hijos se van, dura para siempre. ¡Díganle a una mamá que deja de ser madre cuando sus hijos se casan! Ellas son madres hasta la tumba ¡y más allá de la tumba! Es derecho y primera obligación de los papás el educar a los hijos. El estado y la Iglesia misma tan sólo colaboran con ellos subsidiándolos en el cumplimiento de su derecho. Esta educación no se queda tan sólo en la instrucción escolar, comprende también, y sobre todo, los principios y los hábitos, valores humanos y cristianos, que contribuirán para hacer de cada hijo un hombre o una mujer bien adaptados al mundo en el que serán útiles. La felicidad de los hijos dependerá de esta especial educación. ¡Y también la felicidad eterna! El respeto a los hijos Delante de sus compañeritos una mamá desesperada insulta a gritos a su hija y la golpea, dejándola llorando para entrar a su escuela. Inmediatamente se acercan a la víctima sus compañeritas y le dicen: “no te dejes, denúnciala a tal teléfono” Hubo necesidad de enseñar a los niños cuales son sus derechos para contrarrestar la cultura de maltrato a los hijos, heredada de tiempos pasados cuando se decía que los hijos eran propiedad de los padres y que podían hacer con ellos lo que se les antojara. Los mismos maestros tenían como lema “la letra con sangre entra” Les toca a los papás de ahora el encontrar métodos nuevos de educación sin recurrir a la violencia y los mismos niños nos indican el camino cuando dicen: “háblennos, nosotros entendemos”. La importancia de ser padres Para nosotros los cristianos, la fuente de toda paternidad es Dios Padre y, ciertamente, la imagen inicial que tenemos de Dios como Padre, es la imagen dada por nuestros padres de la tierra. ¡Qué importante es saber ser padres! Los buenos papás... • Los miembros de la familia deben tener motivos para sentirse orgullosos de ella y “amar la camiseta”. • Saben que el que recibe a un niño es a Jesús a quien recibe. (Mt 18, 5) • Reciben a los hijos como don único e irrepetible de Dios. • Respetan la individualidad de sus hijos y no tratan de hacerlos como sus clones. • Dan a sus hijos la mejor de las enseñanzas: su amor de esposos. • Aprenden de sus hijos niños cómo entrar al cielo. (Mc 10, 15) • Se las ingenian para pasar más tiempo “de calidad” con sus hijos. • Saben conducir a sus hijos hacia el Padre Dios. • Afrontan con amor y prudencia el momento en que los hijos emprenden el vuelo para formar su propio nido. |
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