En el Evangelio según San Mateo (14,22-34) leemos cómo los discípulos, viendo caminar a Jesús sobre el mar, se turbaron y decían: “Es un fantasma”, y de miedo se pusieron a gritar. Pero al instante les habló Jesús diciendo: “¡Animo!, Soy Yo; no teman”. Pedro le respondió: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre las aguas”. “¡Ven!”, le dijo. Pedro bajó de la barca y se puso a caminar sobre las aguas, yendo hacia Jesús. Pero, viendo la violencia del viento, le entró miedo y, como comenzó a hundirse, gritó: “¡Señor, sálvame!” Jesús, tendiendo la mano, le agarró y le dijo: “Hombre de poca fe, ¿Por qué dudaste?”.
Este pasaje refleja muy bien la vocación sacerdotal. Jesús está sobre el agua y le dice a Pedro: “Ven”. Es un eco de aquél: “Ven y sígueme”. Ir hacia Jesús significa ser su discípulo. Ser como Él. Hacer las cosas que Él hace. En este caso significa caminar sobre el agua. Jesús pide a Pedro algo sobrehumano. Pedro dudó. Claro que dudó, pero no de Jesús, sino de sí mismo.
El sacerdote es un ser con limitaciones, es un hombre como los demás. Cristo espera de él que sea como Él, que le represente. Las personas esperan del sacerdote que sea como Cristo pues acuden a él para conocer la voz de Dios, para recibir el perdón de Jesús. En este sentido el sacerdote no puede defraudarlos. Tiene que aprender a convivir con esta paradoja en su interior y en su conciencia: caminar sobre las aguas sin hundirse. Pasa a ser parte de ese misterio en el que siempre ha creído y delante del cual se ha arrodillado toda su vida.
El sacerdocio es algo grande, encierra un misterio de amistad y de confianza entre Dios y ese hombre que Él eligió. La vocación sacerdotal está llena de contrastes: el sacerdote se despierta sintiéndose muy limitado, sin capacidad para tantas cosas, y a los pocos minutos está celebrando Misa y diciendo “Esto es mi cuerpo que será entregado por ustedes”. Y más tarde: “Yo te absuelvo de tus pecados...”. Y a la vez debe predicar el Evangelio aunque a veces no lo viva de manera tan perfecta.
Si el sacerdote está emocionalmente deshecho por dentro, tiene que consolar y sostener a los demás. Si no tiene fuerzas y siente que no puede, tiene que dar testimonio de que la fortaleza viene de la fe. Si está humanamente solo, o le parece que Dios se ha escondido, debe acompañar a las almas y asegurarles que el sol está allí aunque no lo vean. Y en medio de estos contrastes experimenta la fuerza de Dios, una y otra vez constata con toda claridad: Dios actuó, se valió de él, pero eso no es suyo. Y tiene que creer que eso no es obra de un hombre, es obra de Dios. Entonces se siente como ese barro con el que Jesús curó al ciego. Barro hecho con saliva y tierra. Entonces siente la voz de Dios que le dice “No temas, Soy Yo”.
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