En el Evangelio de San Lucas leemos que apenas la Virgen María supo del milagro de fecundidad operado en Isabel, su prima, se dirigió a visitarla (Lc 39-56). ¡Qué incomodidad! Con lo bien que estaba en su casita de Nazaret, sin embargo, bien lo valía poder disfrutar esa noticia tan maravillosa. Ponerse en camino implica desinstalarse, salir de uno mismo, exponerse a las sorpresas del camino y a la inclemencia del clima, a perder mucho tiempo.
La vida sacerdotal siempre exige un salir de sí mismo y de la comodidad para ir al otro, que necesita, que interpela, que espera. El egoísmo ciego, la tibia comodidad, los propios intereses mezquinos son cadenas que atan y amargan la existencia. En cambio, ponerse en camino, salir al encuentro del “otro” significa una grande alegría interior, una liberación del egoísmo, una dilatación del corazón. Así vemos a María, feliz, radiante, yendo a Ain Karim para servir a su prima Isabel que está embarazada de Juan Bautista.
Cada sacerdote es las alas de Dios que vuelan ahí donde tantos hermanos esperan para que les echen una mano o las dos. Al sacerdote Dios le da unas alas para ir de prisa a socorrer al otro, al prójimo que está más necesitado que él. Por eso su caridad no puede ser perezosa. Dice el autor de “La Imitación de Cristo”: “Quien ama, corre, vuela; vive alegre, está libre y nada le entorpece... A quien ama, nada le pesa, nada le cuesta, emprende más de lo que puede... El amor está siempre vigilante e incluso no duerme... Sólo quien ama, puede comprender la voz del amor” (Libro III, capítulo 5).
María ama y por eso escuchó la voz del amor que le pedía ayudar a su prima Isabel. El amor del sacerdote le abre las alas del alma para volar y ayudar a los demás. Un sacerdote que no ama no pasa de ser un pobre ave de corral que sólo picotea su granito para llenar su propio buche, y nunca vuela, porque no tiene alas desplegadas, fuertes y consistentes... y está siempre peleándose con las demás aves del corral por un ridículo granito de maíz.
La caridad sacerdotal crea lazos de intimidad con el otro, provoca el gozo de Dios en lo profundo de las almas, crea gozo y energía al otro, despierta en el otro un deseo de entrar en esa misma corriente de expansión y amor. La caridad sacerdotal transmite la gracia, y con su sola presencia es instrumento de santificación que es la alegría y la acción del Espíritu Santo. Pero la caridad sacerdotal se vuelve mensaje fecundo e irradiación espontánea pues es Dios a través del sacerdote quien llena a los demás del gozo íntimo.
Dios es la fuente de la alegría. El sacerdote se sabe y siente en posesión de Dios. Dios es grande, el es pequeño. Dios es la alegría, él es el recipiente de esa alegría de Dios, y lo comparte con los demás.
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